El
texto de Castellá y Vilá i Santasusana indaga en las características del
discurso oral formal, como género intermedio en la relación que se establece
entre oralidad y escritura. Los autores exponen que el estudio de la oralidad
comienza a mediados del siglo XX, sin embargo, se ha mantenido bajo la
concepción de ser un discurso errado, por lo que, si bien la lingüística
estructural indagó en la fonética del discurso oral, no ha logrado romper con
la concepción de superioridad del discurso escrito por sobre el oral. Al
respecto los autores explican que la relación entre oralidad y escritura se ha
entendido de dos formas: “los primeros planteamientos fueron de carácter
dicotómico, con una separación demasiado estricta entre ambos registros
polarizados en la conversación cotidiana y la escritura académica, sin tener en
cuenta las posiciones intermedias” (25). La segunda forma, abandona la concepción
dicotómica sobre relación entre oralidad y escritura y adopta punto de vista de
gradación o continuum.
De
esta manera, los autores plantean que lo oral y lo escrito se interrelacionan
en situaciones de comunicación mixta. Entre las distinciones que presentan los
autores sobre la relación oral-escrito se encuentran los rasgos gráfico/fónicos
y oral/escrito, sin embargo, hay un factor más poderoso: la
proximidad/distancia física, moral entre el emisor y el receptor. Así mismo, el
modo es uno de los factores distintivos más fuertes, ya que: “el modo, oral o
escrito, se conforma a partir del conjunto de las condiciones físicas de
producción y de recepción del texto, de las cuales el canal es la primera, pero
no la única” (27). Al canal se suman la distancia social entre interlocutores,
las restantes dimensiones del registro y las convenciones de género y tipo de
texto. Entre los géneros discursivos se distinguen de tipo primario y
secundario: los primarios aparecen en la comunicación inmediata, mientras que
los segundos son propios de situaciones discursivas más formales y reflexivas.
El discurso formal se encuentra a medio camino entre ambos géneros, ya que se
acerca a lo escrito en diversos ámbitos: académico (clase magistral), de medios
de comunicación (tertulia radiofónica, televisiva, entrevista), político o
judicial (discurso parlamentario), de la empresa (presentación de informe o
proyecto), entre otros.
La
lengua formal oral se instala en un ámbito intermedio entre escritura y
oralidad, comparte con la primera: un tema especializado, la planificación, un
discurso monogal, formal y objetivo y el ser más informativa que interactiva;
con la segunda: el canal vocálico y la simultaneidad de espacio y tiempo. Entre
las características enunciadas en el texto se encuentran; rasgos contextuales,
carácter no universal y aprendizaje escolar, el ser acústica, efímera y
producida en tiempo real y un contexto situacional compartido con comunicación
relativamente unidireccional. Así mismo, en el texto se presentan como rasgos
discursivos de la lengua formal oral: el ser generalmente monogal, informativa
y planificada, relativa y con intervención fundamental de lenguajes no
verbales. Como rasgos lingüísticos: el papel fundamental de rasgos
suprasegmentales, la aparición de elementos deícticos, exclamaciones,
interjecciones, anacolutos, cambios de dirección sintáctica, corrección
normativa y uso de variedad estándar.
Lo
relevante de la propuesta de Castellá y Vilá i Santasusana es la determinación
de las características de la lengua oral formal, que permiten comprenderla como
un discurso aparte, a medio camino entre la oralidad y la escritura. De esta
manera, la lengua oral formal equivale al borrador de un texto escrito,
teniendo rasgos propios y, por lo mismo, un valor que no ha sido entregado. El
texto rescata una modalidad de la oralidad y lo valida, a través de la
clasificación de sus aspectos, lo que constituye un aporte para los estudios
sobre el discurso oral.
Siguiendo
lo anterior, el texto en cuestión es útil en su vínculo con la pedagogía, ya
que entrega un espacio desde donde evaluar al discurso oral en el aula. Si se
entiende la lengua oral formal, tan utilizada en el proceso de
enseñanza-aprendizaje, como el borrador de un texto escrito, es posible
evaluarla de acuerdo a sus aspectos, no con los criterios utilizados para un
discurso oral informal –como la conversación– ni a través de parámetros que se
utilizan para verificar la adecuación de lo escrito. Por el contrario, se
entiende como un discurso rico en su propia estructura y que, por lo mismo,
debe evaluarse según sus propias normas.
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